Durante más de 25 años, mi mundo transcurrió entre planos, vigas y estructuras. Como arquitecta, mi éxito dependía de una cosa: la estabilidad. Si el cálculo era correcto, el edificio se mantenía en pie.
Pero la vida no son planos. Tampoco planes.
Llegó un momento en el que los cimientos que yo misma había diseñado se agrietaron. A nivel profesional, los proyectos se volvieron jaulas; a nivel personal, las paredes empezaron a derrumbarse. No fue una demolición controlada, fue un colapso estructural integral. Intenté hacer lo que mejor sabía: reforzar la estructura y cargar con más peso. Pero cuanto más intentaba "sostener" la fachada, más rápido me hundía.
Ahí identifiqué lo que realmente me estaba frenando: La trampa de la fachada. Esa creencia invisible de que ser fuerte consiste en aguantar cualquier peso sin inmutarse, ignorando que los materiales que no son flexibles terminan quebrando. Esa trampa me decía que la vulnerabilidad era una falla técnica y que mi única opción era seguir resistiendo hasta romperme.
En medio de los escombros, entendí la lección definitiva: no sirve de nada construir rascacielos sobre terrenos inestables.
Decidí dejar de diseñar edificios para convertirme en la arquitecta de mi propio equilibrio. Cambié los planos por el coaching y la psicología. Fue entonces cuando aprendí que la verdadera estabilidad no nace de la rigidez, sino de la coherencia interna y la capacidad de elegir qué cargas queremos llevar.
Hoy trabajo como coach certificada, combinando: